Gracias por conocer parte de mi historia...

«La danza no solo se convirtió en mi profesión. Se convirtió en una forma de comprender, enseñar y acompañar procesos.»

Mi Historia...

Antes de crear EIDO, existió mi propio camino.

Desde siempre me ha gustado el movimiento. He sentido una conexión especial con el deporte, la recreación y la danza, y para mí siempre ha sido importante mantenerme activa y sentir que, a través de ellos, también estaba cuidando mi salud y mi bienestar.

Cuando comencé a tomar clases de Danza Oriental, jamás imaginé que aquel camino produciría un cambio que iría mucho más allá de lo físico.

Poco a poco descubrí que la danza podía convertirse en una herramienta para conocerme, comprenderme y relacionarme de una manera diferente con mi propio cuerpo. A través del movimiento fui encontrando espacios para expresar lo que sentía, enfrentar desafíos y reconocer aspectos de mí que antes quizás no sabía cómo mirar.

Cada nuevo desafío en la danza se convirtió también en un desafío personal. Cada paso que aprendía, cada dificultad que lograba superar y cada vez que me atrevía a hacer algo que antes me generaba inseguridad, se transformaba en un pequeño peldaño hacia una mayor confianza en mí misma.

Así fui entendiendo que aprender a bailar no era solamente aprender movimientos.

Era aprender sobre mí.

La Danza Oriental se convirtió, para mí, en un camino de aprendizaje que involucraba el cuerpo, las emociones y, sobre todo, el autoconocimiento. Y esa experiencia personal fue la que, con el tiempo, comenzó a transformar también mi manera de enseñar.

Lo que la Danza me enseño…

La danza me enseñó, antes que nada, a confiar en mí.

Me enseñó a escuchar lo que sentía y a descubrir que, a través del movimiento, podía expresar y dejar atrás aquello que muchas veces se sentía pesado en mi cuerpo, en mi mente y también en mi corazón. Con el tiempo, la danza se convirtió en un refugio para mí, un espacio al que podía volver y en el que encontraba una forma diferente de conectar conmigo misma.

Creo que la Danza Oriental abrió para mí una puerta hacia un aprendizaje que quizás no habría encontrado de la misma manera en otra disciplina. Hubo algo en su música que resonó conmigo, que conectó con mi sentir. Y a través de su técnica descubrí algo todavía más importante: que podía ser capaz de aprender.

 

Cuando comencé, había movimientos que me parecían difíciles y la coordinación era un desafío. Pero cada vez que aparecía una dificultad, también aparecía una oportunidad para intentarlo nuevamente.

Así fui comprendiendo que la técnica no era solamente aprender pasos. 

La técnica era una herramienta para descubrir mis propias capacidades.

Cada movimiento que lograba, cada secuencia que conseguía recordar y cada dificultad que superaba con perseverancia se convertía en un pequeño peldaño. Y subir cada uno de esos peldaños tenía un efecto profundo en mí: me hacía sentir más segura, más motivada y más consciente de que podía avanzar.

También aprendí que no todos los procesos son iguales. Cada persona tiene sus propios tiempos, sus propias fortalezas y sus propias dificultades. Hay momentos en que avanzar parece fácil y otros en que el desafío exige mucho más trabajo, paciencia y constancia.

Pero cuando finalmente logras aquello que alguna vez pensaste que no podías hacer, la satisfacción es inmensa.

Y fue ahí donde entendí algo que hoy considero fundamental en mi manera de enseñar:

No necesitas saber bailar para comenzar a aprender. Necesitas darte la oportunidad de hacerlo.

La perseverancia, la motivación, la constancia y el deseo genuino de aprender pueden abrir posibilidades que muchas veces ni siquiera imaginamos.

Por eso, para mí, la danza oriental es una herramienta. Una herramienta que nos permite aprender, enfrentar desafíos, reconocer nuestros avances y descubrir, paso a paso, todo aquello que somos capaces de construir.

“Cada desafío que superaba en la danza se convertía también en una nueva razón para confiar en mí.”

CUANDO ENSEÑAR SE CONVIRTIÓ EN OBSERVAR

Cuando comencé a hacer mis primeras clases de Danza Oriental, algo comenzó a despertar en mí.

Empecé a observar en mis alumnas una necesidad que me resultaba profundamente familiar: querían aprender, querían hacerlo bien y estaban dispuestas a perseverar para conseguirlo.

En ellas reconocía parte de mi propio camino. Veía esa constancia, ese respeto por el aprendizaje y ese compromiso que también habían sido importantes para mí desde mis comienzos.

Y mientras más las observaba, mayor era mi responsabilidad hacia ellas.

Responsabilidad por su tiempo, por el compromiso que entregaban a la escuela y por la confianza que depositaban en mí para acompañarlas en su proceso.

Entonces comprendí que enseñar no podía consistir solamente en mostrar movimientos y esperar que fueran aprendidos.

Tenía que aprender a observar.

Observar cómo cada una se movía, dónde encontraba dificultades, qué necesitaba fortalecer y cuáles eran sus propias posibilidades. Aprendí que una corrección no tenía sentido si no ayudaba a la alumna a comprender su movimiento y a descubrir que podía hacerlo mejor.

Así, la observación se convirtió en una parte fundamental de mi manera de enseñar.

Cada corrección buscaba no solamente perfeccionar un movimiento, sino potenciar las capacidades de cada alumna y ayudarla a avanzar desde donde ella se encontraba.

También fui comprendiendo algo que para mí se volvió esencial: la danza podía ser una herramienta para construir seguridad.

No todas comenzamos sabiendo coordinar, recordando secuencias o sintiéndonos cómodas frente a un movimiento nuevo. Pero cuando una mujer encuentra un espacio donde puede aprender, equivocarse, volver a intentarlo y finalmente lograr aquello que antes parecía difícil, algo cambia en la manera en que se percibe a sí misma.

Eso es lo que quería entregar a mis alumnas.

Un espacio donde pudieran aprender Danza Oriental, pero también descubrir sus capacidades, reconocer sus avances y construir seguridad a través de su propio proceso.

Y comprendí que esto podía acompañar a cada mujer en distintas etapas de su vida: a una niña, a una joven o a una mujer adulta.

Porque el aprendizaje puede comenzar en cualquier momento.

Y cada persona tiene su propio camino para llegar a descubrir:

“Sí puedo.”

 

¿Por qué nacio EIDO?

EIDO nació de una necesidad.

La necesidad de crear un espacio donde la Danza Oriental pudiera enseñarse de manera coherente, profesional y progresiva, pero donde cada mujer también pudiera sentir que ese espacio le pertenecía.

Así nació EIDO, Escuela Integral de Danza Oriental.

Desde sus comienzos tuve claro que aprender danza no debía ser solamente acumular movimientos. Quería que existiera un camino que permitiera a las alumnas reconocer sus avances, enfrentar nuevos desafíos y comprender que cada etapa tenía un propósito.

Por eso, los niveles comenzaron a ser parte fundamental de la escuela.

Cada nivel permitía avanzar paso a paso, reconocer lo aprendido y mirar hacia atrás para descubrir cuánto se había crecido. Para mí, ese progreso era tan importante como la técnica misma.

Con el tiempo, la escuela también comenzó a transformarse…

Después de la primera década de EIDO, surgió una nueva pregunta:

¿Cómo podía integrar de manera más consciente aquello que durante tantos años había observado en mí y en mis alumnas?

 

La danza me había enseñado que el cuerpo, las emociones, la seguridad y el aprendizaje estaban profundamente relacionados. Comencé entonces a investigar y profundizar en el concepto de los siete chakras principales, buscando un lenguaje que me permitiera representar simbólicamente distintas dimensiones del proceso que vivíamos a través de la danza.

Así comenzó a tomar forma la idea de vincular los siete niveles de Danza Oriental con los siete chakras.

No como una creencia que la alumna deba adoptar, ni como una explicación médica del cuerpo, sino como un lenguaje simbólico y pedagógico que ayudara a darle sentido a las distintas etapas del aprendizaje.

Cada nivel comenzó entonces a tener una identidad propia: una dimensión técnica, una experiencia de aprendizaje y una temática personal que acompañara ese momento del camino.

Y así fue tomando forma la Metodología EIDO.

Una metodología pensada para la mujer:

Desde el comienzo, EIDO fue pensado para la mujer en sus múltiples etapas y roles.

Para la niña que está descubriendo su cuerpo.

Para la joven que busca expresarse y desarrollar confianza.

Para la mujer adulta que necesita regalarse un espacio propio.

Para quien trabaja, estudia, es madre, dueña de casa, profesional, bailarina o desempeña muchos roles al mismo tiempo.

Porque muchas veces estamos pendientes de todo y de todos, y necesitamos también un espacio para nosotras mismas.

Eso es lo que siempre quise que EIDO pudiera ofrecer:

un espacio para aprender, para avanzar a nuestro propio ritmo, para enfrentar desafíos, para reconocer nuestras capacidades y para construir seguridad a través de la danza.

No buscaba crear solamente una escuela donde se enseñara Danza Oriental.

Quería construir un lugar donde cada mujer pudiera sentir:

“Este espacio también es para mí.”

Y ese sigue siendo uno de los motivos más profundos por los que EIDO existe.

"Nuestra escuela nació para integrar la técnica con el proceso, y el aprendizaje con el descubrimiento de nuestras propias capacidades."

Mi forma de Enseñar...

Creo que cada persona tiene una manera única de aprender y que no existe un solo camino para llegar a un mismo objetivo. Por eso, mi forma de enseñar parte desde el respeto por los tiempos, las capacidades y la historia de cada alumna. Me interesa que aprender danza sea un proceso en el que pueda sentirse acompañada, pero también protagonista de sus propios avances.

No busco que una alumna simplemente reproduzca lo que yo hago. Quiero que, a medida que aprende, pueda comprender, experimentar, tomar decisiones y descubrir sus propias posibilidades. Que los desafíos no sean una medida de lo que le falta, sino una oportunidad para reconocer todo lo que puede desarrollar.

Para mí, enseñar también significa dar herramientas y confianza para que cada mujer pueda construir su propio camino dentro de la danza. Por eso valoro el esfuerzo, la constancia y la perseverancia tanto como el resultado final. Un aprendizaje significativo no se mide solamente por lo que se logra hacer, sino también por la seguridad que se adquiere en el camino y por la capacidad de seguir avanzando cuando algo todavía no resulta.

Quiero formar mujeres que no solo sepan bailar, sino que sepan que son capaces de aprender, crear, expresarse y confiar en lo que pueden construir.

“Que la danza que acompañó mi camino, pueda seguir acompañando muchos otros.”

Mi Propósito…

Mi propósito siempre ha sido enseñar.

Enseñar Danza Oriental y, a través de ella, transmitir a cada mujer la certeza de que todas somos capaces de aprender a movernos, siempre que estemos dispuestas a entrar en el desafío de conocernos, aprender y avanzar.

Ese propósito comenzó con la creación de EIDO, Escuela Integral de Danza Oriental, un espacio que nació para enseñar de manera cercana, progresiva y consciente, y que con los años fue creciendo junto a mí, junto a mis alumnas y junto a todo lo que la danza me iba enseñando.

Con el paso del tiempo, y especialmente cerca del año 2020, mi vida me llevó a enfrentar un nuevo desafío personal. Un diagnóstico de salud hizo que me preguntara cómo podía continuar haciendo aquello que siempre había sentido como parte de mi propósito: enseñar y compartir mis conocimientos.

Y fue entonces cuando nació la Escuela Virtual de Danza Oriental.

La modalidad virtual se convirtió en una nueva manera de trascender la danza. Una forma de seguir enseñando, guiando y compartiendo todo aquello que había construido durante años, sin que la distancia ni las circunstancias pudieran detener ese propósito.

Pero también significó algo más.

Comencé a comprender que la enseñanza podía convertirse en una semilla.

Una semilla de conocimiento, de experiencia y de aprendizaje que pudiera permanecer, crecer y llegar a otras mujeres incluso con el paso del tiempo.

Sé que nuestro cuerpo cambia, que nuestras etapas también cambian y que quizás no bailaremos de la misma manera durante toda la vida. Pero también sé que lo que aprendemos puede acompañarnos siempre.

Por eso quiero seguir enseñando.

Quiero que la danza continúe siendo parte de mi vida y que mi trabajo pueda seguir llegando a otras mujeres, incluso cuando los años pasen.

Porque enseñar no es solamente lo que hago.

Es mi propósito de vida.

Y mientras pueda seguir compartiendo la danza, seguiré construyendo esa semilla.

 

MI TRAYECTORIA...

Formación, experiencia y un camino dedicado a la enseñanza….

Soy Doris Cerón Apablaza, fundadora y directora de EIDO · Escuela Integral de Danza Oriental.

Durante casi dos décadas he desarrollado mi camino entre la enseñanza, la danza, la creación coreográfica y la formación continua. A lo largo de estos años he podido crecer como profesora, bailarina, coreógrafa y directora, construyendo una mirada propia sobre el aprendizaje de la Danza Oriental.

Mi formación profesional comenzó en el área de la actividad física y la recreación. Soy Tecnóloga en Deporte y Recreación, con mención en Actividad Física Adaptada–Salud, y Licenciada en Ciencias de la Actividad Física.

Esta base formativa fortaleció mi interés por el movimiento, el cuerpo y la importancia de generar experiencias de aprendizaje que consideren las posibilidades y procesos de cada persona.

Paralelamente, la Danza Oriental se convirtió en el eje principal de mi desarrollo profesional.

Formación en Danza Oriental

He realizado una formación continua en esta disciplina, obteniendo el Profesorado de Danzas Árabes y Bellydance con doble título internacional en Buenos Aires, Argentina, y convirtiéndome en la primera bailarina chilena egresada de la formación impartida por Ángeles Cayunao y Sandra Tedesco.

A lo largo de los años también he participado en clases, seminarios y workshops junto a docentes nacionales e internacionales, entre ellos Tito Seif, Randa Kamel y Amir Thaleb, además de continuar profundizando permanentemente en diferentes aspectos de la Danza Oriental.

Mi formación también incluye certificaciones como Instructora de Arabic Dance y Bellyfitness Chile, Instructora en Hipopresivos Nivel I, Juez de All Dance International y formación en Crítica y Evaluación de la Danza Escénica por la Confederación Interamericana de Profesionales de Danza.

A lo largo de mi trayectoria también he buscado complementar mi formación explorando distintos enfoques vinculados al bienestar y al desarrollo personal. Estas experiencias ampliaron mi mirada sobre las personas y sus procesos, y fueron enriqueciendo la forma en que comprendo la enseñanza y el acompañamiento a través de la danza.

Crear, enseñar y construir

En el año 2010 fundé la Escuela Integral de Danza Oriental Aisha Barakah, dando inicio a un proyecto que con el tiempo se convertiría en el espacio desde donde he desarrollado gran parte de mi labor como profesora, bailarina, coreógrafa y directora.

A través de los años, la experiencia de enseñar y observar los diferentes procesos de aprendizaje me llevó a desarrollar nuevas propuestas dentro de la enseñanza de la Danza Oriental.

Entre ellas se encuentran CardioArabic y la Metodología EIDO de los 7 Niveles para la Enseñanza de la Danza Oriental, ambas creaciones desarrolladas como parte de mi trabajo y registradas a nivel nacional, con respaldo de sus respectivos derechos intelectuales.

La creación de estos sistemas representa una parte importante de mi trayectoria, porque reúne años de práctica, enseñanza, observación, formación y búsqueda constante de nuevas maneras de comprender y enseñar la danza.

Reconocimientos y experiencias

A lo largo de mi recorrido he recibido experiencias y reconocimientos que forman parte importante de mi historia.

Uno de ellos fue el reconocimiento recibido en el Congreso Internacional de Mujeres Líderes, por mi aporte a la educación y difusión de la cultura artística entre niñas, jóvenes y adultas de la comuna de Quillota.

También fui Reina de Quillota durante los años 2006–2007, una experiencia significativa dentro de mi historia personal.

Sin embargo, después de todos estos años, uno de los aprendizajes que más valoro no se encuentra necesariamente en un título, una certificación o un reconocimiento.

Está en cada proceso compartido.

En cada alumna que comenzó pensando que no podía.

En cada desafío superado.

En cada mujer que decidió darse la oportunidad de aprender.

Porque mi trayectoria continúa

Mi formación y mi experiencia no representan un camino terminado.

Continúo estudiando, observando, aprendiendo y desarrollando nuevas formas de comprender la enseñanza de la Danza Oriental.

Porque después de casi dos décadas dedicada a este camino, sigo creyendo en algo que aprendí desde mis propios comienzos:

Siempre podemos seguir aprendiendo…

Y quizás esa sea también una de las razones por las que sigo enseñando.

“Porque mi trayectoria continúa...”

EIDO como legado…

Una forma de enseñar que pueda continuar más allá de mí

EIDO nació desde mi propia experiencia con la danza, pero con el tiempo comprendí que podía convertirse en algo mucho más grande que una escuela.

Mi deseo es construir una forma de enseñar que pueda permanecer, crecer y llegar a otras personas, incluso más allá de mi propia presencia.

Porque una enseñanza no se sostiene solamente en quien la entrega. Se sostiene en los principios que la orientan, en las herramientas que transmite y en la huella que deja en quienes aprenden.

Por eso, la Metodología EIDO representa para mí la síntesis de muchos años de aprendizaje, observación, práctica, enseñanza y búsqueda.

Es una manera de comprender la Danza Oriental como un proceso progresivo, donde la técnica entrega herramientas, la práctica permite integrarlas, la creatividad abre posibilidades, la experiencia construye seguridad y la conciencia permite comprender el camino recorrido.

Pero, sobre todo, quiero que EIDO deje algo que vaya más allá de aprender a bailar.

Quiero que cada mujer pueda mirar hacia atrás y reconocer que durante este camino aprendió algo sobre sí misma, descubrió capacidades que quizás no sabía que tenía y comprendió que podía avanzar, incluso cuando al principio pensaba que no podía.

Ese es el legado que quiero construir.

Una enseñanza que no busque formar copias, sino personas capaces de aprender, crear, sostener, reconocerse, expresarse, confiar y comprender.

Y también un legado que respete aquello de donde viene nuestra danza.

Porque enseñar Danza Oriental implica también reconocer sus raíces, estudiar sus expresiones culturales y transmitirlas con respeto y responsabilidad.

EIDO no pretende ser el punto final del aprendizaje.

Al contrario.

Quiero que sea una base desde la cual otras mujeres puedan continuar aprendiendo, enseñando, creando y construyendo su propia danza.

Porque el verdadero legado no es que recuerden quién enseñó.

Es que recuerden todo lo que descubrieron que eran capaces de hacer.

 

“La danza transformó mi camino. EIDO es mi forma de compartir lo aprendido y hacer que ese camino pueda continuar.”

TU CUERPO. TU PROCESO. TU DANZA.

7 niveles · Un solo camino · Una metodología para toda la vida.

 

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